2016-11-29

The Crown: la elegancia de lo banal







La Corona es la gran apuesta artística y económica de la ficción de Netflix. A los guiones el gran, para mí, Peter Morgan y, se dice, más de ciento setenta millones de presupuesto para diez capítulos que nos cuentan la ascensión y primeros años de reinado de Isabel II.

Una maravilla.

Parece mentira que en los despachos de las productoras alguien suelte la mano para proyectos como este. Me explico: aun hay fe en el artista. No hablamos de Juana de Arco, de Enrique VIII ni de Isabel de Castilla; tenemos una historia donde los personajes reales están vivos todavía y sólo hay que tirar de wikipedia para destriparnos del final de la serie o la trama principal de los episodios. Coño, como Narcos, más o menos. Sólo que Pablo Escobar... bueno, eso.

El despliegue actoral y artístico, los medios de producción, la puesta en escena, todo, es de lujo filipino, de película "antigua", como diría mi madre. Clasicismo en los trevelling, en los planos sostenidos un segundo más, en el uso del archivo falseado para crear mayor verosimilitud si cabe. 

¿Pero, no será una serie coñazo que habla de un modelo, el monárquico, anacrónico, vetusto y con grandes dosis de moho y alcanfor? ¿Podemos empatizar con unos seres prácticamente etéreos, fríos de desapegados? La respuesta, sagaz lector, es sí. Un sí mayúsculo que se convierte en un hecho gracias al guión de Morgan. La humanidad de los personajes se transmite gracias a sus miserias, sus flaquezas y sus miedos. Isabel, Felipe o el grandísimo Churchill son creíbles porque sus conflictos son casi cotidianos. Hay celos, desamor, intriga palaciega y sirvientes que agachan la cabeza cuando los semidioses británicos se cruzan con ellos en un pasillo.

La Corona hace atractivo lo intrascendente, la decadencia de un modo de vida que es una antítesis de los propios espectadores. O tal vez no. Me puedo imaginar a nuestros monarcas en chándal y con un paquete de pipas viendo la serie después de haberse pegado un maratón de Narcos.

2016-11-26

Bestiarius



Soy un lector de manga errático, disperso y muy mal amante. Picoteo, disfruto, pero no soy un consumidor agradecido. Pluto, Monster, Biomega, Prophecy... Poco más. No me suele llamar mucho el formato ni las formas. Pero no me cierro las puertas.

El otro día estuve en la tienda de cómics y este tomito me llamó. Joder, me recordó a los Caballeros del Zodiaco, para qué mentir. Bestiarios (Milky Way ediciones) es un manga de los que me gustan: tres tomitos y ya está. Ríos interminables cero. El autor es, perdonadme por el desconocimiento, Masasumi Kakizaki y tiene otro manga, Green Blood, que también me ha engatusado. ¿Y de qué va? Gladiadores y monstruos. Eso es. Poco más. En el Imperio Romano de cartón piedra y cultura popular, alejado de la rigurosidad y de la fidelidad histórica, se llevan mucho las luchas de gladiadores entre humanos y monstruos. Orcos, goblins, dragones, minotauros... de todo. En ese Imperio que lo ha conquistado todo tenemos la sangre y la arena típica y tópica. Honor, familia, acero y muerte.

Bestiarius roza el topicazo e incluso el absurdo. Lo roza, lo torea y te embauca. La emoción de las peleas y lo simple de sus protagonistas (relaciones entre los propios luchadores que son entrañablemente noñas), hacen que la lectura se convierta en un pasa páginas divertido y fresco. Los combates, el diseño de los personajes y las coreografías son espléndidos, vívidos y currados; las historias entre los héroes son creíbles pese a ese velo de monstruos y frases grandilocuentes, Pero, repito, funciona. Y muy bien.

2016-11-23

Daredevil: seriedad de grano grueso.


Después de varios años me decido a ver la ficción televisiva Daredevil. Prestigio y parabienes del público en un formato ofrecido por Netflix. Temporadas de pocos capítulos y con un enfoque que se aleja del expandex y las tramas de papel cuché de sus primos de CW.

Daredevil es la gran esperanza blanca de los Superhéroes de la tele. Aquí hay interés por esa cosa llamada guión y desarrollo de personajes; hay presunción de seriedad y entretenimiento "adulto": héroes en mallas pero atormentados.

Matt Murdock le roba el uniforme de faena a Dexter y se pasa la primera temporada entre palizones y danzas de MMA. Los villanos, con un Final Boss de enjundia, son malos de una pieza, se merecen los puños de nuestro abogado ciego. La ira del católico con sed de sangre se desarrolla en trece capítulos amenos en un tiempo donde tenemos que gozar con cliffhangers cadadoez minutos. Todo bien, todo en su sitio. La fotografía es la que obra la magia en todo este potaje. Grano grueso que evita la limpieza digital y los aires de plató. Los bares parecen bares y la gente tiene granos, suda y sangra. Aires setentero que la acercan al cine negro y a ese culmen Milleriano tan amado por el fan.

Agredecida representación del diablo de la cocina del infierno. Se han molestado en darnos algo más, ese plus literario que tanto rédito sacan personajes como Wilson Fisk y su corte de malignos secuaces.

Dignidad televisiva. Yo compro

2016-11-18

Doctor Extraño


Doctor Extraño es una de las visitas al cine que son casi una obligación para el aficionado comiquero. Hay que ir, hay interés, casi necesidad. Una de las citas Marvel que hay marcadas en el calendario. Como una romería.
En 2008 el mundo del entretenimiento cambió para bien o para mal. La industria se hizo más industria al darse cuenta que a la gente se la puede enganchar a través del puro y simple proceso de la serialización. Coño, como las series y lo tebeos. Iron Man fue el primero y Doctor Extraño es el decimocuarto. Y apenas se nota el chirriar de los engranajes.

Doctor Extraño es el refinamiento del proceso Marvel. Es el equivalente al génesis depurado, al perfeccionamiento de la peli de origen. Presentación del héroe, su camino, su rival, revelación, transformación, asunción y confrontación. Mito y arquetipo asumido y auto consciente.

De una excelencia formal evidente, Doctor Extraño corre el riesgo de saturar el paladar; cansar al espectador con manjares pulcros y cada vez más estetas. El lujo se vulgariza por repetición. Fatiga y hastío porque el comprador sabe con certeza casi matemática  que no va a verse defraudado. Y da pena.


2016-11-15

Tokyo Ghost. Adictos al futuro




Tokyo Ghost es otro viaje por el futuro del guionista Rick Remender (Black Science, FEAR Agent, Low); un paseo por un porvenir negro y digital. 

Tokyo Ghost cuenta la historia de Teddy, o Led Mella, y Debbie; dos alguaciles de la ciudad de Los Ángeles después de un deshielo de los polos que nos trae hambruna, mierda, violencia y enganche a la tecnología; dos polis de un Sistema creado por Lak, un retroclon de Steve Jobs, que controla a todo el mundo a través de conexiones virtuales. Sí, señores, como lo de ahora pero un poquito más extremo. Ted y Debbie están enamorados, o al menos ella, ya que Ted/Led está tan metido en la Red que apenas cumple con su trabajo de músculo acorazado. Ella, seguidora de la disciplina straight edge, pasa de conectarse y sólo quiere escapar de la ciudad, de Lak y de recuperar a su novio. Y la ciudad de Tokio es su destino.

Tokyo Ghost es un delirio ciberpunk de los que me gustan, de los que me estimulan y espolean. Es una historia (el primer arco se llama el jardín atómico), que contiene tantos retazos de información que invitan a detenerse en los cuadros de diálogos cargados de bromas digitales, de referencias cercanas y de jerga tecnológica llevada al extremo. Es una historia de amor escondida en otra de acción y desesperanza. Los digital nos ha devorado en este Los Ángeles; nos separa de la propia vida ofreciéndonos VITA, un sucedáneo personalizado donde los hijos no importan y el sexo es más satisfactorio que el contacto entre dos cuerpos. Un más allá de lo que tenemos en este primer mundo. Una sátira exenta de sutileza que nos da en la cara. Una aventura que no es más que una elucubración cartoon de lo que puede venir.

Tokio, el reflejo en el espejo de Los Ángeles es una fábula samurai donde la tecnología está prohibida. Un edén, una utopía donde los extraños son su mayor peligro. Y Ted y Debbie aparecen allí con una misión y una esperanza.

Todo esto estaría muy bien si el apoyo gráfico estuviera a la altura de la prosa. Y lo están. Sean Murphy estiliza, embellece y abarrota con un sentido de la estética que se acerca a lo pictórico. Debbie es una postadolescente grácil y adolescente que atraviesa las viñetas; Led/Ted es un Jugernautt inmenso, torpe y devastador. Escenarios, referencias cinéfilas y cine de samurais en el color de un grandísimo Matt Hollinsworth. Brutal.

Dos tomitos nada más; el primero en vuestras librerías. Esto es una joya de la que merece la pena hablar. Avisados estáis.

2016-09-16

Coming soon



Parece ser que el 2017 va a ser un gran año para Coburn. Cómic, nueva novela... Bufff...

2016-09-03

Vídeo presentación de Aficionado Disperso.

https://youtu.be/vVdhRd1DpvM