El carro se va a llenar...
¡Van a salir forofos de George R. R. Martin hasta debajo de las piedras!
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Ternin
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jueves, abril 21, 2011
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Categorías: Cine y series, Reseñas
Cuando uno es pequeño hay conceptos que no dejan de ser un imán, y uno de ellos es ser un incomprendido. Spiderman molaba porque el tipo era un héroe pero todos le odiaban y casi nada le salía bien; pero yo nunca he sido de Spiderman. Yo siempre he sido de la Patrulla X.
En el Universo Marvel, podías ser un pringadillo más, un adolescente del montón de abajo y de pronto, un día, en el momento más inoportuno te da un telele y obtienes poderes de forma más o menos aleatoria. Un bello ejemplar de ángel, una bestia azul, una diosa del clima, un horrendo ser más sapo que humano, una mole de grasa… El límite está en los guionistas de un tebeo que ha pasado a ser parte de la cultura popular. La X marca el lugar, amiguitos, y todo pasó de comic defenestrado ha icono pop hace la friolera de 36 años.
Y ahora, mucho tiempo después puedo disfrutar de esa magia a pleno color y con una edición de las que se llevan ahora (el burro grande, ande o no ande) de esos primeros tebeos de la Segunda Patrulla X que han estado en mi memoria desde que en la escuela llegué a pelearme con un amigo porque estaba empeñada en que Lobezno no era más que el Hombre Oso. Mi amigo estaba en lo cierto, ya que defendía el origen lupino del personaje, pero a mí, ese traje amarillo y esa pinta de “encabronao” me recordaba más a un oso que a un lobo. No sabíamos leer pero estábamos entusiasmados con el tebeo que teníamos entre manos: Una pelea entre el hombre lobo/oso y el hombre de los rayos en los ojos ¡Toomaa! Por la Imposible Patrulla X que pergeñó Len Wein estaba lleno de personalidades encontradas. Un mutante con aspecto de demonio capaza de teleportarse, un irlandés volador con poderes basadas en sus gritos, un ingenuo y noble coloso soviético, un agente del servicio secreto canadiense que en aquellos momentos era una hoja en blanco, una beldad negra capaz de controlar la fuerza de las tormentas, un indio americano tan terco como fuerte, un hijo, literal, de la era atómica con el poder de un sol… Y por encima de ellos un vapuleado líder que tiene que arreglar el fracaso de su última misión. Un grupo internacional que pasaba más tiempo discutiendo entre ellos que haciendo el generalmente denominado “bien”. Puro golpe de efecto Marvel que en aquel entonces cimentó una franquicia que le ha dado a la Casa de las Ideas sus mayores beneficios económicos. No está mal para un relanzamiento trimestral.
Muchos años después, uno ya conoce a los personajes y empieza a valorar ese detalle que hace única esta afición: la nostalgia. Lo que encuentro en este tomo es pura infancia hecha viñetas. Aventuras de un grupo de personas odiadas porque son diferentes y que se dedican a proteger a aquellos que los desprecian. Puro heroísmo que supo hacer evolucionar Chris Claremont desde el planteamiento original de Len Wein hacia unos personajes que evolucionar junto a los lectores durante muchos años más.
Historia del género que se debe valorar como eso y como un vehículo de divertimento que no ha envejecido gracias a un John Byrne que se convirtió en estrella con esta serie que le dio la liberta creativa para poder convertirse en lo que fue durante la década de los ochenta. Y lo mejor, es que si el formato omnigold prospera, la cosa no hace sino ir hacia arriba llegando a unas cotas de calidad que no disminuyen hasta quince años después, que se dice pronto.
Mi Biblioteca Marvel se va a quedar para los viajes, que no es poco.
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miércoles, abril 20, 2011
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domingo, abril 17, 2011
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viernes, abril 15, 2011
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miércoles, abril 13, 2011
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Categorías: Asuntos Personales, Nostalgia comiquera, Pataleos comiqueros, Tebeos