2014-06-01

Escritorzuelo (I)


Un viaje en avión y esta novela.






Cada uno cuenta la guerra como le va. Eso es un hecho incontestable que en el mundo de las letras se convierte en una verdad con un añadido: que se puede fabular según el bando perdedor o ganador. El trono del hierro del escritor medio es el éxito. Algunos lo cuantifican en ventas/pasta y otros en prestigio. A todos nos gusta que nos lean, si no, ¿a cuento de qué iba uno a "soltar" lo escrito al exterior? El éxito, já. Pero antes de eso, de encontrar el Santo Grial, tenemos que publicar, o lo que en cristiano sería darnos a conocer.

¿Y cómo llega uno a publicar? ¿Cómo se pasa de lo que uno escribe con la disciplina de un monje o a ratos sueltos a una impresión o un archivo digital? Ahí está guerra y cómo se cuenta.

Yo contaré mi guerra, mi batalla, mi historia. Una historia que no le interesará a casi nadie, la verdad. Escribir sobre escribir puede ser un ejercicio de pedantería máximo; una suerte de onanismo brutal donde el ego toma las riendas. Pero bueno, me apetece hacerlo. Después de unos años, me merezco contar cómo es que he llegado a fichar por una editorial. Es mi batalla.




¿Qué había detrás de estas ilustraciones?



No decidí escribir cuando era pequeño, ni he pasado la infancia garabateando historias en una libreta. No más que cualquiera que se dedique a esto, supongo. Me gustaba más dibujar monigotes y siempre estaba pendiente de las portadas de los tebeos del kiosko de debajo de mi casa. No, no diré que siempre me he dedicado a escribir. Sería mentir como se mienten en las entrevistas que se hacen. No fue hasta la mayoría de edad cuando me dediqué a escribir cuentos pequeños y algún remedo de guión perdido en el memoria bit de algún diskette. Hice otras cosas más mundanas que me llenaron; cosas necesarias; como formarme o leer mucho más de lo que leo ahora. Años después me picó el gusanillo y escribí un relato para un certamen de Literatura Fantástica. Quedé finalista y mi ego se calmó.

Hasta un viaje en avión en 2011 y una novela de un autor sevillano: Antonio Santos. La novela Recalibrados llegó a mi vida gracias a un amigo, editor de la fenecida Viaje a Bizancio Ediciones, que me pasaba sus publicaciones. Recalibrados supuso un punto de inflexión en mi vida durante ese viaje Londres-Sevilla. ¡Me encantó! Un golpe de estilo que me espoleó. Joder, yo quería hacer eso. Al llegar a casa y aprovechando el resto de las vacaciones me puse a escribir. Una historia que le pasé a mi amigo editor para que le echara un vistazo. El hombre me animó a seguir. Me animó a que le pasara lo que fuera escribiendo. Me alentó. Y yo le di a la tecla como si me fueran a matar si lo dejaba. Creí estar escribiendo una historia llena de épica. Todas las influencias, toda la bisoñez de novato, todo el barroquismo, todos los clichés y todos los vicios se volcaron en un mamotreto que le presenté a mi amigo/editor con la mirada llena de esperanza y casi oliendo el papel de la novela recién impresa.

Me dio la del pulpo. Me venció, me tumbó, me destrozó. Analizó el primer capítulo de una forma que me dejó reventado. Lo que era un horizonte lleno de éxito se convirtió en el lodazal del fracaso. "Mejor dejas de escribir, me dijo. No pasa nada. O dedícate a los cuentos."

¿Y yo qué hice?

Seguí escribiendo.

Continuará...


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