2014-08-24

Los Hijos de la Medianoche.





Pillado en una de esas gangas que ni se esperan ni se piensan, Los Hijos de la Medianoche es un evento noventero de Marvel inédito para mí. Leí los tomos de Motorista Fantasma de Howard Mackie en la serie "Marvel Héroes" y no me parecieron demasiado envejecidos: un dibujo de Texeira pasable y unas historias acordes con los tiempos editoriales llenos de hombros anchos, cuero y violencia gratuita. Pues Los Hijos de la Medianoche es más de lo mismo pero no mejor.

El Universo Marvel de inicios de los noventa quería tocar varios géneros como se hizo en la crisis editorial de los setenta. Adaptar los gustos y los personajes al lector; a lo que que tocaba. Si molaban las pelis de acción llenas de músculos y explosiones, Marvel te lo daba en viñetas imposibles y multiportadas holográficas. En los noventa el cine de terror de serie B triunfaba. Los adolescentes lo gozaban con personajes demoniacos; Freddy Kruger era un icono y el espectro de Spawn se aprovechó de esa querencia por los seres sobrenaturales; pero eso será otra historia...

El Motorista Fantasma era un éxito de ventas y la editorial tenía los cajones llenos de conceptos y personajes de su rama de terror. Sumar dos y dos fue fácil. Los Nightstalkers, Morbius, dos Motoristas (uno de ellos sin cabeza llameante pero con un pistolón para compensar molonidad, unos buscadores de lo desconocido que parecían sacados de la serie de Viernes 13, los Darkhold... Todo ligado en un gazpacho espectral que relanzaba series llenas de la palabra venganza, trajes de cuero y poses.

El nexo era la villana Lilith que unía a los ¿héroes? al estilo Loki con el objetivo de matarlos porque influirían su plan de llenar la tierra de tinieblas y todo eso. Una premisa casposa que sólo sirve para acumular números uno hasta la consabida batalla final de tibia intensidad.

¿Lo mejor de esta inmersión en un cómic que ha envejecido fatal? Ese Andy Kubert molón al máximo y un Garney primerizo que se deja ver. ¿El resto? EL factor nostalgia no salva una miniserie de seis números que no lleva a ningún sitio y que satura con frases rimbombantes y poses chulescas.