2015-03-19

El hombre que nunca sacrificaba gallinas viejas





"Marquitos Laguna se ha retirado del oficio. Ahora prefiere cuidar su huerto y recoger los huevos de sus gallinas. Antes, en otra época, Marquitos era un justiciero parco en palabras, un matador criptozoológico en la abundante isla de Simetría, un muro de dos metros de hostias enfundado en el guante de un hombre en traje negro. Pero ya no, sus noches más oscuras quedaron atrás. 
O al menos eso creía hasta hace unas horas. Porque hace nada, las gallinas viejas, esas que nunca sacrifica sabe Dios por qué, han comenzado a revolotear de aquí para allá, dejándolo todo lleno de plumas. La tierra de ese huerto que ahora se dedica a cuidar, ha empezado a retemblar. La carne putrefacta de toda una vida en negro se afana por abrirse paso a base de dentelladas y uñas rotas. Y Marquitos, un muro de dos metros de amor venido a menos, se teme lo peor: 
Que regresen sus noches más oscuras. Que se le atragante el olor de una Magnolia. 
O que haya llegado la hora de volver a sacrificar."


Aquí estoy, una noche como otra cualquiera, en un inpass entre una cosa y otra, con tiempo para leer, para enriquecerme, para respirar letras y buscar algo que remueva ese pedacito de cerebro que quiere encontrar aire fresco. Y recuerdo que hace unos días terminé con "El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas", premio Nocte y obra a la que exigía mucho.

En esta novela, lo reconozco, buscaba un estilo, una manera de contar las cosas más que una historia en sí. Novelas de psicópatas, de asuntos sórdidos, de desalmadas, las hay a patadas. Es casi un género en sí. La historia de Marquitos, la historia de Simetría... Quería, exigía, buscaba algo más.

Realismo sucio, dicen de esta novela. La mejor novela de terror del año. Comparaciones, críticas, virtudes... Las aventuras de Marcos Laguna han tenido un impacto más que merecido en este mundillo de Crom. ¿Qué me he encontrado con la lectura? Justamente lo que estaba buscando. Forma sobre fondo. Estilo y palabras calculadas, dispuestas con mimo, sin caer en ejercicios de barroquismo barato; construcción sobre improvisación. Ha sido como enfrentarse a un boxeador de poco fondo pero gran pegada. Darío Vilas no ha necesitado doce rounds para noquear. Le han bastado doscientas páginas para retratar un entorno y una psique a ritmo de rock descarnado, de voz seca y miradas turbias. 

Marquitos es un monstruo y nosotros testigos de sus monstruosidades y sus causas. La empatía está de más, y las migajas de su trasfondo se dan con cicatería. Todo encaja y los hilos sueltos de su viaje de Magnolias azules los termina de componer el lector tras cerrar las páginas del libro.

Lectura de poso negro, de pensamiento, de sentencias subrayadas con boli, de envidia y de paseo voyeur por un cosmos cercano y sucio como es Simetría. Un lugar que existe como existen esos callejones de tu ciudad donde sabes que puede pasar de todo. 

Tiempo presente, flashbacks que asaltan, juegos de espejos e imágenes distorsionadas. "El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas" es una lectura exigente y que va más allá del relato pulp y gore que algunos han sabido ver. ¿Terror? Definitivamente. Pero no de susto fácil e impacto cinematográfico. Es terror del que se cuela a través de las letras, del que se queda flotando en la imaginación al pasar la página. Ese terror que no es de vampiros ni de muertos vivientes, ni de monstruos de la Laguna Negra. Marquitos Luna da miedo porque existe con otro nombre y otro aspecto físico. Y Darío Vilas ha sabido fotografiarlo.

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