2016-12-19

Rogue One: escoria rebelde



Aviso que esto va con destripes del argumento.


Nos sentamos en el cine, se apagan las luces y empieza la película. Pero nosotros ya la hemos visto; al menos en su mayor parte. La hemos imaginado, soñado, flipado: etiquetada en nuestra mente y prejuzgada. Siempre. Algunos la querrán querer y otros la querrán analizar hasta el último de sus espectros. No pasa con muchas películas de una manera tan acerada y acertada. Es con Star Wars donde los corazones se abren con mayor amplitud o el escalpelo se afila más. La viga en el ojo propio y todo eso. Además es un fenómeno social el opinar, el escoger bando, el agarrar la cabeza del desconocido y sin embargo amigo y decirle: "eh, ¿no te das cuenta, tío?" Y Rogue One juega esa carta. Si la película no te ha gustado puede que no te guste este artículo. Verás defectos y carencias en cosas que yo he pasado por alto o incluso he valorado de forma positiva. Es mi criterio, mis razones. Ya está. Otro más.

Rogue One es una película que se juzgará por su incapacidad obvia de llevarte del corazón durante toooooda su proyección. Su alabado último tercio (señores, lo de los tercios es para las cervezas o la gente que ha estudiado cine y sabe estructura un film de verdad, no nos la demos de lo que no sabemos), es un clímax imposible de mantener durante todo el metraje. Imposible. Porque el espectador quiere tener esas sensación desde el minuto uno. El corazón en la boca desde el principio y de ahí para arriba. Los personajes siempre perderán si la expectativa está tan alta. Si se juzga la película desde atrás hacia adelante no se pueden mantener el nivel. Esto no lo hubiera salvado nadie. Queremos que nos conecten al Episodio IV de forma salvaje; queremos a Vader; la épica; la flipada máxima y nos encontramos con un planeta húmedo y una niña que pierde a sus padres. Tonos grises; páramos de tundra y el viento que agita la capa de villano administrativo. Desolación y trauma como en todas las películas de Star Wars, o lo que es lo mismo: en todo el cine de entretenimiento. Pero aquí lastra, ¿no? Porque queremos rock & roll desde ayer y tenemos a una niña sola, un salto temporal y un capitán rebelde que mata a su confidente para que no largue. Así, de primeras. Sin el logo Disney ni nada. Luego nos vamos a un tanque de prisioneros en un planeta lleno de mierda, donde los soldados de asalto están llenos de mugre y cansancio. En un salto hiperespacial enrolan a esa niña, que ya es toda una insurgente crecidita, en una misión secreta con un robot y ese rebelde que ya hemos visto que no le tiembla el gatillo a la hora de apiolar al que está de nuestro bando: todo sea por la Libertad de la Galaxia.

Y esto en menos de media hora. Pero el espectador quiere más y no le basta con el portento de la fotografía, el diseño de producción, el mimo hacia las razas y los paisajes; el aroma a Juego de Rol de SW; a esa Masada asediada por el Imperio; a esa auténtica revolución en la forma de ver a los rebeldes... Los buenos son señores con el rostro tapado y turbantes apresurados que lanzan bombas caseras bajo los tanques de los marines americanos, y escaramuzas donde los niños lloran y a todos los importan una mierda si se escapa un rayo perdido. En la trilogía Lucas, la Alianza Rebelde era la resistencia nazi: sujetos cuasiidelizados, blancos. Aquí son asesinos y terroristas que han perdido el horizonte sobre qué les diferencia de los malos. Así, sin más. El Imperio sólo les supera en maldad porque con un botoncito son capaces de levantar el manto continental de un planeta. En Rogue One te planteas qué haría la Alianza si pudiera volar el palacio imperial de un pepinazo. Yo no apostaría por Palpatine. Y eso pasa en esa primera hora tan aburrida en comparación con la media hora final.

Gynn Erso es el hilo de la película. Un hilo obvio y necesario; cierto sustento emocional del grupo. No son los Malditos Bastardos. Son gente entrenada que busca algo mayor por lo que luchar. Es el germen clásico de tantas y tantas películas bélicas de sobremesa. Rogue One no inventa nada porque no lo necesita. Alguien tiene que contar la historia de cómo se robaron los planos de la estrella de muerte y se hila con su punto débil y con todo lo que se puede. ¿Guiños? Claro. Normal. Todos. Porque esto es Star Wars y el guiño es un signo de identidad. El resto de la Escuadra son diferentes entre sí, no son carne de cañón enviada a la muerte. Muestra carisma en la media que el montaje les deja. Y consiguen su objetivo. No todos los personajes puede enamorarnos porque a lo mejor la función del film no es esa.

Y llega el momento de la verdad. Nos quitamos la trama padre e hija, nos vamos a Yavin 4 y el que estaba con la boca llena de bilis se la tiene que tragar porque no hay cuerpo que aguante esa misión suicida. No hay listo que le va los pespuntes a un tramo final prodigiosamente bien montado y rodado. Donde todo cuadra, donde todo luce; donde la tensión es patente sobre historia de la que conocemos el final. 

Pero es que la película no es siempre así. Tiene valles, tiene personajes que sobran (ah, Saw Guerrera); tiene topicazos y clichés. Pero tiene más mérito que muchas otras películas con las que somos más condescendientes. A otras les perdonamos tramos muertos pero a Rogue One no. Porque, como decía al principio de este mamotreto, la película ya la habíamos juzgado antes de verla. Mucho antes.

Por mi parte la he disfrutado mucho. 

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